La aventura

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—Señor… buenas noches —dijo, más humanizado de lo que yo habría creído posible; ¿o fue sólo que comenzaba a conocerle mejor?—. Y gracias. Hay veces en la vida en que un viejo fatigado… como yo, Castro… viejo y triste, señor. Sí, señor… nada mío en todo el mundo… y sin embargo… Pero ¡qué muerte! ¡Ay!, el mar encrespado… ¡Caramba! Completamente impropia para un hombre que ha escapado de tantas batallas y del invierno de Rusia… La nieve, señor…

Se adormeció, locuaz, con el extremo ennegrecido de su cigarrillo colgándole del labio inferior, luego se echó de lado y poco a poco se durmió, reposando la cabeza en el muñón que llevaba en el brazo. La fina cuchilla viperina, que apuntaba hacia arriba por debajo de su sien, despedía destellos rojos ante el fuego que se consumía.

Alcé un puñado de ramitas llameantes para mirar a Serafina. La terrible noche causaba estragos en el país; el arco interior de la entrada a la cueva retumbó repetidas veces con un centelleo azulado; y ella yacía dormida profundamente en el corazón de sus dominios, como una princesa encantada envuelta en un manto de mendiga.



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