La aventura
La aventura Alguien había entrado.
Vigilamos codo con codo. Solamente era uno. ¿Saldría otra vez? Nada eclipsó de nuevo el punto luminoso, que parecía una estrella blanca en un firmamento negro como el carbón. Quienquiera que hubiese entrado no tenía prisa por irse. Por otra parte, no habríamos sabido decir lo que hubiese significado un nuevo oscurecimiento de la luz: una partida o una nueva llegada. Sabíamos que había por allí dos hombres; e incluso era posible que hubiesen entrado juntos en un solo parpadeo de la luz, pisándose los talones el uno al otro. Ambos sentimos el repentino deseo de asegurarnos. Pero sobre todo necesitábamos averiguar si por casualidad no era Castro, que ya había regresado. No podíamos permitirnos perder su ayuda. ¿Y si él hubiese llegado a la conclusión de que nosotros ya habíamos salido? ¿Se arriesgaría a volver a salir para encontrarnos pudiendo ser descubierto? ¿Lo perderíamos así cuando tan necesario nos parecía? Una duda se apoderó de nosotros. Si ese hombre era Castro, ¿por qué no penetraba más y gritaba nuestros nombres? Tenía que haber sido lo bastante inteligente para adivinar… Y fue esa duda la que, haciendo intolerable la espera, nos puso en movimiento.