La aventura
La aventura Por encima de la roca amarilla frente a nosotros, el cielo azul estaba tremendamente vacío. Era una simple franja, como una luminosa venda extendida sobre nuestros ojos. Quizá en aquellos momentos los dos hombres estaban rodeando la cabecera del barranco. Yo no tenía ningún arma excepto la culata de mi pistola. El agua salada había echado a perder las cargas, naturalmente, y aunque estuve tentado de arrancármela del cinturón, no lo hice pensando que podría procurarme pólvora en alguna parte. Además, aquellos hombres iban armados. Abandonamos enseguida los alrededores de la entrada, sumergiéndonos en la profunda oscuridad de la cueva. Bajo nuestros pies el suelo rocoso, que descendía en suave pendiente, de pronto buzó tan bruscamente que nos sorprendió, mientras a nuestras espaldas el orificio de entrada disminuía hasta no parecer mayor que la entrada de una ratonera. Dimos unos cuantos pasos más, a tientas. El hilo de luz desapareció completamente cuando nos sentamos, y allí permanecimos, cogidos de la mano y en silencio, como dos niños asustados puestos en el centro mismo de la tierra. No había ningún ruido, ni llegaba ningún resquicio de luz. Serafina soportaba la abrumadora tensión de esa silenciosa y negra penumbra con una inmovilidad casi heroica; pero a mí me parecía que se adhería a mis miembros, dificultándome la respiración como una parálisis causada por el pavor; y, por quitarme de encima esa sensación, salté repetidas veces para mirar aquel hilillo de luz, aquel punto luminoso, no más grande que una perla en medio de aquellas insondables tinieblas. Y de pronto, en el preciso momento en que miraba, lo vi cerrarse y abrirse lentamente, como un párpado que deliberadamente se cerrase y abriese mostrando el globo ocular.