La aventura
La aventura Me agaché inmediatamente y conseguí ver la cabeza. No era Castro. Llevaba un sombrero negro y un fusil al hombro. Iba de espaldas al barranco y empezaba a alejarse en línea recta, desapareciendo de mi vista hasta no quedar visibles más que su sombrero y su espalda. Entonces levantó un brazo… una señal convenida evidentemente, y esperó. Pronto se le juntaron otra cabeza y otra espalda, y juntos se escabulleron de mi campo visual. Pero había reconocido, con una consternación infinita, su aspecto como de bandidos. ¡Eran dos lugareños!
Le cogí la mano a Serafina. Mi primer pensamiento fue que tendríamos que salir a hurtadillas de la caverna con la llegada de las primeras sombras de la noche. Castro debía ocultarse en alguna parte más arriba. La cosa estaba clara. Debíamos intentar dirigirnos a la hacienda al amparo de la noche, sin que esos dos hombres nos vieran. Sin duda serían emisarios enviados desde Río Medio para vigilar esa parte de la costa y evitar nuestro posible desembarco. Sin duda darían conmigo, y me reproché amargamente las tribulaciones que no cesaba de acarrear a Serafina. Pensando en las fatigas que había tenido que aguantar (no pensé en los peligros, eran otra cosa, ni en la aventura de morir juntos, como los amantes en la tradición de todos los pueblos), temblaba de rabia y exasperación. La firme presión de sus manos me calmó. Estaba contenta. Pero ¿qué pasaría si se les metía en la cabeza entrar en la caverna?