La aventura
La aventura Pero no me agradaba imaginarla subiendo y bajando la cornisa. Recordé que teníamos un frasco y me apresuré a entrar para buscarlo. Primero miré cerca del sombrero; luego, Serafina y yo, doblados por la mitad, con la vista al suelo, examinamos cada palmo de terreno a media luz; incluso nos adentramos un buen trecho en las tinieblas, tanteando con las manos. ¡Fue inútil! La llamé, había que desistir; y al juntarnos nos preguntamos qué habría sido del frasco. Lo habría cogido Castro… estaba claro.
Pero si, como podía suponerse, se lo había llevado para procurarnos un poco de agua, debería haber regresado hacía tiempo. Empecé a sentirme un poco alarmado y traté de considerar qué era lo mejor que podíamos hacer. Era necesario enterarse antes qué había sido de él. Cuando miraba, perplejo, por la abertura, vi al otro lado del barranco la parte inferior de un cuerpo humano, de los pies a la cintura.