La aventura

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Finalmente la inquietud me puso nervioso y rogué a Serafina que se metiera otra vez dentro. Ella me obedeció sin decir palabra y yo me quedé justo a la entrada, vigilando. No tenía forma de saber el tiempo que había pasado, pero me pareció que sería una o dos horas. ¿No sería mejor, pensé, partir a pie inmediatamente para la hacienda? No conocía el camino pero, volviendo a descender el barranco hacia el mar y siguiendo la ribera del riachuelo, estaba seguro de llegar hasta ella. La única objeción a eso era que perderíamos a Castro. Maldito Castro. Y sin embargo había algo misterioso y amenazador en su ausencia. ¿No era posible… no era posible que por cualquier razón se hubiese aventurado en la oscuridad y hubiese caído de la cornisa? Yo no había visto ningún indicio de ese presunto traspiés… no podía haberlo en una roca; las ramitas que crecían debajo del borde habrían vuelto a su posición original, naturalmente. Mas ¿por qué se caería? Su paso era firme… a menos que un súbito ataque de vértigo… Traté de enfocar la situación desde todos los puntos de vista. Él no era sonámbulo, que yo supiese. Y no había nada para comer —yo ya sentía hambre— ni para beber. La falta de agua nos obligaría muy pronto a salir hasta el arroyo que borboteaba en lo alto del barranco a eso de kilómetro y medio, en campo abierto. Entonces ¿por qué no ir inmediatamente, beber, y regresar a nuestra madriguera lo antes posible?


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