La aventura

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Nos alegramos de estar el uno cerca del otro en aquel refugio inexpugnable, de oír nuestras voces exentas de ansiedad, y yendo al extremo más alejado del corto pasadizo, aspiramos con deleite el aire puro. Las copas de los arbustos de abajo relucían por las gotas de lluvia, el cielo estaba despejado, y el sol, que no podíamos ver, daba de lleno en la superficie de la roca al otro lado del barranco. Un pájaro grande emprendió el vuelo, todo era luz y silencio, y por un rato nos olvidamos de Castro. Saqué las piernas fuera del umbral y, sentado en la piedra, examiné la cornisa. La luminosidad del día quitaba al barranco la mitad de sus horrores. El sendero era bastante ancho, aunque había una espantosa caída a pico de veintisiete metros por lo menos. Dos hombres podrían haber caminado por ese saliente uno al lado del otro, y con una barandilla eso no supondría nada. La parte más peligrosa estaba, no obstante, en la entrada, donde la cornisa terminaba en un resalto redondeado que no era tan ancho como el resto. Bromeé con Serafina respecto a si se atrevía a salir. Ella me respondió que estaba dispuesta. Cerraría los ojos y se agarraría de mi mano. Los ingleses, había oído decir, eran buenos escaladores. Son tenaces. Luego guardamos silencio. Castro no daba señales de vida. ¿Dónde podía haberse ido? ¿Qué podía estar haciendo? Era inimaginable.



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