La aventura

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CAPÍTULO I

HASTA ayer, incluso hasta hoy mismo, me despedía con mi cortés «vaya usted con Dios[1]». ¿Qué eran esos días para mí? Pero aquel lejano día de mi aventura, cuando en la oscura trastienda de don Ramón, en Kingston, entre las balas azules y blancas, al abrirse la puerta vi la figura de un anciano de cara larga, pálida y cansada, ese día es poco probable que lo olvide. Recuerdo el olor fresco del típico almacén de las Indias Occidentales, el indescriptible olor en la penumbra húmeda, de astrágalo, de pimiento, de aceite de oliva, de azúcar y ron recién hechos; el doble reflejo vidrioso de las grandes lentes de Ramón, sus ojos penetrantes en aquel rostro de caoba, mientras tras la puerta interior proseguía el tac, tac, tac de un bastón en las baldosas; el clic del picaporte; el chorro de luz. La puerta, empujada hacia adentro con ímpetu, golpeó contra algunos toneles. Recuerdo el chirrido de los cerrojos de esa puerta y la alta figura que apareció allí, con una caja de rapé en la mano. En aquel país de atuendos blancos, aquel castellano de la vieja época, meticulosamente vestido de negro, era difícil de olvidar. El bastón negro que producía aquel tac, tac, tac le colgaba de la mano mediante un cordón de seda; su delicada muñeca, surcada de venas azuladas, se perdía entre volantes de batista. La otra mano se demoraba en el acto de llevarse una pizca de rapé a los orificios de la nariz ganchuda, cuya piel por encima del caballete tenía el lustre del viejo marfil; con el codo apretaba a un lado un tricornio negro; tenía una pierna doblada, la otra un poco inclinada hacia atrás. Tal era la postura del padre de Serafina.


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