La aventura

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Tras empujar imperiosamente la puerta recién abierta de la habitación interior, permaneció inmóvil, sin intención de entrar y con voz áspera, gastada, llamó: «¡Señor Ramón! ¡Señor Ramón!, —y volviendo la cabeza repitió por dos veces—: ¡Serafina! ¡Serafina!».

Entonces vi por vez primera a Serafina, que miraba por encima de la espalda de su padre. Todavía recuerdo su rostro aquel día; sus ojos eran grises, un gris más cerca del negro que del azul. Por un momento me miraron a la cara, pensativamente despreocupados, y luego se desplazaron a las lentes del viejo Ramón.

Habría bastado esa mirada —recuerden que yo entonces era joven— para que me preguntase qué pensaban de mí, qué habían visto en mí.

—Aquí está… vuestro señor Ramón —dijo ella a su padre, como si le reprochase su mal genio al llamarle—. Vuestra vista no es muy buena, mi pobrecito padre… Aquí está vuestro Ramón.




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