La aventura

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Castro puso cara larga. No había visto ningún indicio. Había numerosas sabanas en la zona de bosques y los rebaños podían estar a muchos kilómetros de distancia, tras salir en desbandada tierra adentro al estallar la tormenta. Se sentó de repente como abrumado, apartó los ojos y empezó a escarbar en la roca con la punta de su cuchilla.

Permanecimos todos en silencio. ¿Cuánto tiempo podríamos esperar? ¿Cuánto tiempo podía vivir la gente?… Miré a Serafina. ¿Cuánto tiempo podría vivir ella?… La sola idea me cauterizaba el corazón como un hierro candente. Me retorcí las manos a hurtadillas.

—¡Ajá! ¡Mi cuchilla! —musitó Castro—. Mi aguijón… ¡Viejo escorpión! No me han quitado mi aguijón… Solamente… ¡bah!

El, como hombre que era, no tenía la entereza de esa criatura malévola. Estaba vencido. Gemía profundamente. La vida era demasiado. Se aferraba a uno. Un escorpión —un insecto— en medio de un círculo de llamas sacaría su aguijón y se inocularía el veneno en la cabeza. Y él, Castro, un hombre… un hombre, por Dios… tenía menos firmeza que una criatura que repta. ¿Por qué? ¿Por qué no se atravesó ese viejo corazón deshonrado?

—Señorita —gritó exasperantemente—, le juro que les grité que me disparasen… en el pecho… y después…


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