La aventura

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Serafina se inclinó sobre él, compasivamente.

—Basta, Castro. Se vive porque se tiene esperanza. No te aflijas. Tu muerte no serviría de nada.

El rostro de la joven lucía una espléndida palidez, la radiante blancura y majestad del mármol; jamás me había parecido tan bella; su cabello moreno, cuyas ondulaciones parecían profundamente impregnadas de la fúnebre melancolía de su origen, la cubría magníficamente hasta los codos. Sus ojos eran increíblemente profundos. Toda su persona adoptaba una belleza indefinible, una nueva belleza que, como el atractivo inherente al gozo, al amor o al éxito, parecía salir de las profundidades de su ser, como si ella hubiese reaccionado al horror de nuestra situación con un insospechado y sombrío atributo de su alma. Las horrorosas pruebas que había soportado la habían hecho desarrollarse gradualmente, como el sol abrasador abre el capullo de una flor; ahora la veía en la plenitud de su naturaleza. De vez en cuando Castro la miraba con sus viejos ojos parpadeantes llenos de timidez y congoja.




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