La aventura
La aventura Discutían sobre el frasco de Williams, que habían encontrado. Se preguntaban si sería de plata el cubilete. Al parecer, Manuel se lo había apropiado para su uso personal. Bueno… era el capataz. Si por casualidad apareciese el inglés, tenían que abatirlo inmediatamente; pero debían permitir que Castro se entregase. Y se rieron sarcásticamente. A veces surgían peleas, muy ruidosas, un gran barullo de discusiones a propósito de sus celos, sus miedos, sus incalificables esperanzas de asesinatos y rapiña. No se sentían muy seguros donde estaban. Algunos sostenían que Castro no podía haberse salvado solo. El inglés estaba allí, e incluso la Señorita… Manuel rechazaba la hipótesis con desdén. Argüía como motivos la violencia de la tormenta, la furia de las olas, el mástil quebrado, la posición de la barca. ¿Cómo podían esperar que una mujer soportara todo aquello?… No, las cosas eran tal como él las había cantado. Y defendió su punto de vista airadamente, como si no pudiera soportar que le privasen de esa fuente de inspiración poética. Emitió profundos suspiros y soberbias declamaciones.