La aventura

La aventura

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Castro y yo los escuchamos en la boca de la cueva. Teníamos las lenguas secas e hinchadas, una garra de hierro nos oprimía la tráquea, nuestras gargantas ardían, y las punzadas del hambre nos atormentaban como tenazas de hierro. Pero pudimos oír que los bandidos estaban impacientes por irse: tenían muy pocas cargas para sus fusiles, y era evidente que temían una colisión con los peones de la hacienda. Mirándonos el uno al otro con ojos vacilantes, inyectados en sangre, Castro y yo creímos ver un grupo de hombres en poncho saliendo del bosque en reata, recostados sobre sus caballos, que espoleaban locamente, haciendo retumbar toda la cueva con el galope de sus cascos. Serafina se internó más en la oscuridad. Y, encogido por el miedo, me uní a ella para roerme el corazón mientras contemplaba su tensa y muda meditación.










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