La aventura
La aventura A veces Manuel empezaba de nuevo con sus gritos: «¡Castro! ¡Castro! ¡Castro!», hasta hacer tambalear las rocas y turbar la placidez del sol con una inmensa oleada de ruidos. Invitaba a su víctima a beber una vez más antes de morir. Prolongados gritos de irrisión hendían el aire, como arrancados de su pecho mediante tormentos mayores de los que a su fantasía le encantaba inventar. Había algo terrible y misterioso en aquella abundancia de palabras continuamente chilladas, sin parar, como a la desesperada. No es de extrañar que Castro huyese del pasadizo. Y en el interior de la cueva, Serafina y yo nos sobresaltamos hasta un estado de semidelirio al ver de pronto a ese viejo, trastornado, sórdido, con la barba blanca, vagando a media luz, lamentándose en voz alta.