La aventura

La aventura

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En más de una ocasión no titubeé en internarme en las profundidades de la cueva, en un acceso de rabia, arrojándome al suelo, mordiéndome los brazos, golpeándome la cabeza contra la roca. Me entregaría. Ella debía librarse de esa muerte de tortura. Me había dicho que se tiraría al barranco si yo la abandonara. Pero ¿sería capaz de hacerlo? Era imposible saberlo. Al parecer, la joven pasó días enteros en la más completa inmovilidad, tendida de lado, con una mano bajo su pálida mejilla, y respondiendo únicamente «Juan» cuando yo pronunciaba su nombre. Nuestros mordaces susurros tenían algo de espantoso. Parecían sin vida, como las voces de los muertos, si es que pueden hablarse unos a otros a través de la tierra que separa sus tumbas. El sufrimiento moral unido a la tortura física del hambre y la sed aniquilaron hasta cierto punto mi voluntad, pero también provocaron en mi corazón un vago y persistente sentimiento de hostilidad hacia ella. Me pedía demasiado. Aquello era demasiado para mí. Y volví a sentarme durante horas, con el corazón compungido al mirar su lecho a lo lejos.






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