La aventura
La aventura Acostumbrados a la oscuridad, mis ojos descubrieron los contornos confusos de una figura recostada. Su frente era blanca; su pelo se fundía con las tinieblas que se acumulaban poco a poco sobre sus ojos, sus mejillas, su garganta. Estaba completamente inmóvil. Era cruel, era odioso, era intolerable estar tan inmóvil. Aquello tenía que acabar. La llevaría fuera a la fuerza. Ella no dijo ni una sola palabra, pero en el abrazo que me dio, arrojándome inmediatamente los brazos al cuello, en la sensación de sus labios resecos apretados contra los míos, en su rostro demacrado, en los grandes ojos brillantes de aquel ser tan ligero como una pluma, había una apasionada tristeza de seducción, una tenaz voluntad de ceñirse al destino asignado, que intimidó súbitamente mi arrebato de rabia. La puse en el suelo de nuevo y me cubrí el rostro con las manos. Ella llamó a Castro. El se tambaleó como si estuviese borracho y esperó en la cabecera de su lecho, con la barbilla apoyada en el pecho.
—Vuestra Señoría —musitó.
—Escucha bien, Castro.
Su voz era muy débil y pronunciaba cada palabra por separado, como si estuviese contraída y muerta de sed.
—¿Podría mi oro salvar nuestras vidas… prometerles mucho oro? Tú los conoces.