La aventura

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Castro profirió un grito ahogado y empezó a temblar, buscando a tientas la mano de ella.

—Sí, Señorita. Sí, Excelencia. Podría ser. Tenga compasión. Sálveme. Soy demasiado viejo para soportar esto. Sí, oro; mucho oro. Manuel… —Escucha, Castro… ¿Y también donjuán?

Volvió a bajar la cabeza.

—Dime la verdad, Castro.

Él luchó consigo mismo; luego, haciendo un ruido con la garganta, gritó «¡No!», con un terrible esfuerzo.

—No. Nada puede salvar a vuestro amante inglés.

—¿Por qué? —susurró ella débilmente.

Se enfureció con ella por su debilidad. ¿Por qué? Porque la orden estaba dada y ellos no se atreverían a desobedecerla. Porque ella no tenía en su mano más que oro, mientras que el juez O’Brien tenía en la suya la vida de todos ellos. El condenado juez era para ellos como la misma muerte que camina entre los hombres, tomando a uno, dejando a otro. Él era su vida, y su ley, y su seguridad, y su muerte… y el caballero no le había matado…

La voz pareció debilitarse gradualmente en su garganta reseca. Se alejó gateando y pudimos oírle riéndose horriblemente entre dientes en alguna parte, como un loco. Serafina me tendió la mano.


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