La aventura
La aventura —Entonces, Juan… ¿por qué no morir juntos… as�
Si ella tenĂa valor para esta muerte, yo debĂa tener incluso más. Era una cuestiĂłn de honor. Yo no tenĂa ni el deseo ni el derecho de buscar una muerte más fácil. Pero ella tenĂa la capacidad de las mujeres para aguantar lo que sea, su serenidad ante aquel martirio confirmaba el siniestro poder del amor que, como la fe, puede mover montañas y ordenar crueles sacrificios. Ella podrĂa haber salido completamente a salvo… y era ese pensamiento el que me volvĂa loco. Y no tenĂa nada de sueño; sĂłlo de vez en cuando podĂa abandonarme a delirantes ensueños de lagos tranquilos, de vastas extensiones de agua donde me sumergĂa hasta los labios. Nunca más allá. Eran aguas tranquilas y frĂas como el hielo, en las que tiritaba, esforzándome por tomar un trago para apagar el fuego interior de la sed que me quemaba, mientras que un fantasma completamente pálido, con los cabellos en desorden, me gritaba desde el borde «Valor», con la voz de Serafina.