La aventura
La aventura En cuanto a Castro, se estaba volviendo loco. Realmente se estaba volviendo loco, como le ocurre a la gante por falta de alimento y bebida. Y sin embargo parecía conservar sus fuerzas. Nunca estaba quieto. La suya era una fuerza facticia, el desasosiego de una incipiente demencia. Una vez, mientras trataba de hablar con él sobre nuestra única esperanza —los peones—, me miró con tan sombrío desconsuelo que me marché intimidado, vagamente asombrado de vislumbrar en él algo oculto y excesivo, causado por unos tormentos que seguramente no eran mayores que los míos.
Tenía fuerza y, a veces, bastante voz para soltar, desde la boca de la cueva, insultos, maldiciones e imprecaciones. Arriba estallaban grandes carcajadas y parecía que retenían la respiración para oír mejor. O bien Manuel, asomándose por el borde, alababa en tono burlón, melifluo, la energía con que él formulaba sus denuncias. Traté de apartarme bruscamente de allí, pero él se volvía hacia mí con tanto ardor que, por prudencia —yo todavía no había perdido del todo la esperanza—, lo dejé solo.