La aventura

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Aquella noche le oí hacer un extraordinario ruido al masticar; al mismo tiempo sollozaba y blasfemaba a hurtadillas. ¡Entonces había encontrado algo de comer! No podía dar crédito a mis oídos, pero empecé a reptar en la dirección del ruido, y de pronto hubo una breve y salvaje riña en la oscuridad, durante la cual casi me ensarté en su cuchilla. Finalmente, temblándome todos los miembros y con la sangre martilleándome en los oídos, me puse de pie, sosteniendo en las manos un pequeño trozo de carne. Inmediatamente, sin vacilar ni pensármelo dos veces, hinqué el diente en aquel trozo de carne pero enseguida lo arrojé lejos de mí soltando una frenética maldición. Era el primer sonido emitido desde que nos habíamos enzarzado en una lucha cuerpo a cuerpo. Tendido boca abajo cerca de mí, Castro, con un estertor en la garganta, intentaba reír.

Reconocí el toque supremo del arte de Manuel; andaban escasos de tiempo y él había dado con ese astuto e ingenioso invento para acelerar la rendición de su querida víctima. El fuego que me abrasó los cuarteados labios casi me hizo gritar de dolor. Aquel trozo de carne medio podrida estaba salado, terriblemente salado… salado como la sal misma. Cada vez que le oían desvariar y refunfuñar en la boca de la cueva, le arrojaban esos trozos preparados. Era como meterse en la boca un carbón ardiendo.


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