La aventura
La aventura —¡Ajá! —gruñó débilmente—. ¿Lo ha tirado? Yo también: el primer trozo. No importa. No puedo tragar nada más por ahora.
Su voz era como el crujido del pergamino a mis pies.
—No lo busque, don Juan. Los pecadores al infierno… ¡Ajá! Demonio. No pude resistir.
Me dejé caer cerca de él. ParecÃa retorcerse en el suelo murmurando «Sed… sed… sed». Su cuchilla golpeaba la roca, después todo quedó en calma. ¿EstarÃa muerto? De pronto comenzó a hablar con sorprendente animación.
—¡Señor! Para eso tendrán que matar ganado.
Esa idea lo desvelaba. Probablemente habrÃan estado disparando. Pero habÃa una manera de desjarretar en silencio a una vaca; y las llanuras eran vastas, la hierba alta, y las reses muertas podÃan esconderse de las miradas ajenas; además, los rebaños sólo los juntaban dos veces al año. Su voz desesperada se apagó tras un lúgubre derrumbamiento y se quedó de nuevo tan callado como un muerto.
—¡No! No puedo soportarlo más —dijo vigorosamente.
Se negaba a soportar todo aquello. SufrÃa demasiado. No habÃa ninguna esperanza. Los agobiarÃa con sus maldiciones y luego saltarÃa desde la cornisa.
—Adiós, señor.