La aventura

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Alargué el brazo y le cogí de la pierna. Me pareció que no debía separarme de él. Habría sido una deslealtad, el reconocimiento de que todo había terminado, el principio del fin. Esa especie de lucha imbécil nos había agotado. Entretanto, seguí implorándole que se portara como un hombre; y al final logré que trepase hasta descansar el pecho en la roca.

—¡Un hombre! —suspiró.

Lo solté. Durante un rato se quedó en la oscuridad sin decir palabra: parecía estar recobrando la poca fuerza que le quedaba.

—¡Oh, qué raros son estos ingleses! ¿Por qué no podía yo saltar? ¿A quién quiere o detesta más, a mí o a la Señorita? Sea usted también un hombre, y ruegue a Dios que le dé buen juicio para comprender a los hombres por una vez en la vida. ¡Ajá! Mujer enamorada… ¡es un tonto! Pero yo, Castro…

Sus susurros se hicieron espantosamente ininteligibles, luego cesaron, transformándose en lamentos. Mi voluntad de retenerlo me abandonó. Él nos había conducido a aquello. Y si realmente deseaba abandonar la lucha…

—Señor —masculló con la voz quebrada—. Mil gracias. ¡Br-r-r!


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