La aventura

La aventura

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Oh, qué desagradable el agua… agua… agua… agua salada… ¡salada! Usted me salvó. ¿Por qué? Que Dios sea el que juzgue. Habría preferido como amigo a un demonio maligno. Le perdono. ¡Adiós! Y… su Excelencia… pobre Castro… ¡Ajá! Eres un viejo escorpión rodeado por el fuego… por el fuego y la sed. No, un escorpión, no. ¡Ay!, sólo un hombre… no como usted… por consiguiente… una misa… o dos… tal vez…

El frescor de la noche penetraba por el orificio de entrada hasta que llegó el débil resplandor del nuevo día. Oí su lastimoso lamento alejándose sigilosamente de mí. «Sed… sed… sed». No me moví; y me asaltó una especie de incredulidad, de lasitud, la sensación de que nos aguardaba un destino común, unido a un deseo inconfesable —el deseo de ver lo que saldría de todo aquello—, un deseo que me revolvía la sangre como un rayo de esperanza y me impedía moverme o articular palabra. Si sus sufrimientos eran tan grandes, ¿quién era yo para…? Los míos, también. Casi le envidié. Se había liberado.





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