La aventura
La aventura Un tumulto de júbilo penetró en la bóveda, el estrépito de unas veinte voces gritando en diferentes registros: «Ha salido… ¡el traidor! ¡Ha salido!». Era demasiado tarde, pero di tres pasos más hasta quedar cegado. Las ramas llameantes que habían puesto sobre el precipicio me mostraron una multitud de chispas, que caían sin cesar desapareciendo en la pálida luz que ahuyentaba la noche en la boca de la cueva. Y con aquella luz se podía ver a Castro, arrodillado al otro lado del umbral.
Con los dedos aferrados al borde de la losa, colgaba hacia fuera, con la cabeza echada hacia atrás, y la espina dorsal arqueada y tensa como un arco; y las chispas rojas que caían desde arriba, revoloteando como copos de nieve, desaparecían en el aire antes de que pudieran posarse en su rostro.
—¡Manuel! ¡Manuel!