La aventura

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Ellos respondieron con un gruñido profundo, confuso, abriéndose paso a empujones y apiñándose en el borde para mirar hacia abajo con sus propios ojos. Mientras tanto, miré fijamente el convulsivo jadeo de su pecho, su barbilla levantada hacia arriba, su garganta hinchada. Desafiaba a Manuel. Saltaría. ¡Mirad! Iba a saltar… hacia su propia muerte… cuando quisiera. Los retaba a descender a la cornisa; y agitaba de un lado a otro la cuchilla de su muñón, tiesa, con la punta hacia arriba, como un arma muy peligrosa. Apeló a la peste, a la horca en Inglaterra, a los poderes infernales, mientras los murmullos que provocaban sus comentarios pasaban todo el tiempo por encima de su cabeza, como si él les hubiese arrancado por la fuerza su siniestra admiración.

—¡Canallas!, perros, ladrones, carne de cementerio, sabandijas del infierno… os escupo… ¡así!

No tenía fuerza ni saliva y siguió provocando en silencio a los de arriba, que se reían de él algo lúgubremente, como si se burlasen de su destino.

—¡Va a saltar! ¡No, no se atreverá!

—¡Sí! ¡Salta, Castro! ¡Escupe, Castro!

—¡Va a volver corriendo a la cueva! Maladetta!

La voz de Manuel hacía cariñosos arrumacos desde el borde.

—Ven a beber con nosotros, Castro.


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