La aventura
La aventura Imagino que fue entonces cuando debieron darle algo de comer. En mi memoria la visión de esa escena presenta muchos espacios en blanco, una visión elaborada con unas cuantas palabras que me llegaron de repente, entre grandes intervalos de silencio, como si me hubiese recuperado de un desmayo. A veces el violento murmullo de sus muchas voces crecía impacientemente, y se oía un desbarajuste de pies cerca del borde; o, en medio de un siniestro y expectante silencio, Manuel el artista hablaba de su «querida víctima Castro» con una voz suave e insinuante, que parecía temblar ligeramente de impaciencia. ¿Había comido y bebido bastante? Habían cumplido sus promesas, dijo él. Las cumplirían todas. Le habían dado agua fría… y pronto él mismo, Manuel-del-Popolo, acompañaría con su guitarra y su voz los últimos momentos de su víctima. Su broma fue interrumpida por carcajadas. ¡Ah, este Manuel, este Manuel!, juró alguien con admiración. Pero ¿estaba Castro realmente a gusto? ¿Le sirvió de algo comer y beber? ¿Le devolvía eso la vida? Caramba, amigos, ¡qué descuido! El caballero que nos ha honrado con su presencia debe fumar.
—Sí —gritaron ellos con gran júbilo—. Fuma, Castro. Dejadle fumar.