La aventura
La aventura LA sed le había vencido. ¡Qué debilidad! Entonces, no se había arrojado desde lo alto. ¡Qué disparate! Una gota de agua en su rostro había sido suficiente. Era despreciable; y viéndolo en la boca de la cueva, derrumbado en una especie de torturante apatía, desprecié y envidié su buena fortuna. Eso no iba a librarle de morir, pero al menos había bebido. Lo comprendí cuando oí su voz, una voz completamente alterada, una voz firme, ávida, que decía «Más», entrecortadamente. Y entonces volvió a beber. Estaba bebiendo. Bebía allí arriba a la luz de las llamas, en medio del círculo mortal de sus enemigos, mientras Manuel se regodeaba mirándole con sus ojos claros. ¡Qué delicia beber! ¡Qué alegría! ¡Pobre desgraciado! Me aferré a la roca convulsivamente; creo que habría salido precipitadamente para que me diesen mi parte, si no hubiese oído la cruel y acariciadora voz de Manuel.
—¿Y entonces? ¿No quieres saltar, mi buen amigo Castro?
—He bebido —dijo él melancólicamente.