La aventura

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CAPÍTULO X

LA sed le había vencido. ¡Qué debilidad! Entonces, no se había arrojado desde lo alto. ¡Qué disparate! Una gota de agua en su rostro había sido suficiente. Era despreciable; y viéndolo en la boca de la cueva, derrumbado en una especie de torturante apatía, desprecié y envidié su buena fortuna. Eso no iba a librarle de morir, pero al menos había bebido. Lo comprendí cuando oí su voz, una voz completamente alterada, una voz firme, ávida, que decía «Más», entrecortadamente. Y entonces volvió a beber. Estaba bebiendo. Bebía allí arriba a la luz de las llamas, en medio del círculo mortal de sus enemigos, mientras Manuel se regodeaba mirándole con sus ojos claros. ¡Qué delicia beber! ¡Qué alegría! ¡Pobre desgraciado! Me aferré a la roca convulsivamente; creo que habría salido precipitadamente para que me diesen mi parte, si no hubiese oído la cruel y acariciadora voz de Manuel.

—¿Y entonces? ¿No quieres saltar, mi buen amigo Castro?

—He bebido —dijo él melancólicamente.



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