La aventura
La aventura Una claridad descendente, como de una varilla de cristal lanzada desde arriba, vino a estrellarse sobre su rostro haciéndose pedazos. La luz desapareció delante de la cueva, ahuyentada al parecer por la inhumana disonancia de aquel grito; y yo me lancé hacia delante para lamer la mancha de humedad del umbral. No pensé en Castro, me había olvidado de él. Ese engaño a mi sed me enfureció, y exploré con la lengua la superficie rugosa de la piedra hasta que sentí el sabor de mi propia sangre. Sólo entonces, levantando la cabeza para tomar aliento, y apretando los puños en la exasperación de mi deseo frustrado, me di cuenta de cuán profundo era el silencio sobre el barranco, en medio del cual las palabras «Quitadle el aguijón» parecían haberse pronunciado solas, con la impersonal austeridad de la roca y el tono de una tremenda sentencia.