La aventura
La aventura Extrañas barcas se deslizaban entre ambas orillas como minúsculos escarabajos acuáticos. Una de ellas vino a nuestro encuentro; después, otra. Yo no quería que nos alcanzasen. Era como si no deseara que alterasen mi soledad, y no me agradase la idea de bajar a tierra. Un barco grande y negro, con dos anchas bandas amarillas en su doble hilera de cañones, se destacó lentamente de la flotilla de embarcaciones de la bahía. Pasó sin saludar, con todas las velas desplegadas y una bandera en la proa. Sus vergas más altas sobresalían bastante por encima de nuestros palos y pude comprobar que los hombres, apoyados en las jarcias, miraban hacia abajo nuestra cubierta. Los únicos sonidos que de él nos llegaban eran los pitidos de los contramaestres y los ruidos de pasos de los marineros. Imaginando que regresaba a casa, sentí un gran deseo de estar a bordo. Mucho después, cuando salí de aquí, regresé a casa en ese mismo barco, pero era ya demasiado tarde. Entonces me había convertido en un hombre distinto, cargado de experiencia y con otros deseos. Mientras lo contemplaba, lleno de nostalgia, oí la voz de Carlos detrás de mí, preguntando a uno de nuestros marineros qué barco era aquél.
—¿No puede usted reconocer un barco al ver el pabellón que ostenta? —gruñó una voz desabrida—. Es el Admiral Rowley —prosiguió la voz. Y después añadió algunos comentarios sobre «piratas, chusma, y la costa de Cuba».