La aventura
La aventura Sólo sabía una cosa: que salir de su camarote era como escapar de la sombría guarida de una bestia e ir a parar a un mundo soleado. No se podía negar que sus palabras, y sobre todo la forma en que las dijo, habían despertado en mí una sensación de inseguridad, sin objetivo preciso, pues era manifiestamente absurdo e imposible el sospechar de mi amigo Carlos. Por otra parte, la horca era una amenaza tan lejana y una eventualidad tan extravagante, que todo el asunto parecía ridículo. Y sin embargo recuerdo lo desdichado que me sentí, inexplicablemente desdichado. El motivo quedó claro bien pronto: sentía nostalgia. No pensé más en el segundo oficial. Contemplé el puerto en donde estábamos entrando y recordé el hogar que con tanta ansiedad había abandonado. Después de todo, yo no era más que un muchacho, e incluso más joven de espíritu que de cuerpo.