La aventura
La aventura Para entonces estaba demasiado asombrado como para enfadarme. Sospechaba sencillamente que aquel «nariz amoratada[6]» debÃa de estar borracho. Pero por la forma en que me fulminó con la mirada parecÃa tan sobrio que enseguida me asusté.
—Le colgarán por el cuello —repitió—. Lárguese, jovencito —añadió luego—. Siga el consejo de un tonto, lárguese. Ese Castro es un canalla y un tonto, de todos modos. Se necesitan hombres para esa tarea. Hombres, se lo digo yo.
Se golpeó el huesudo pecho.
Nunca me habrÃa imaginado que pudiera ponerse tan furioso. Sus ojos me fascinaban y abrÃa la boca como si se tratase de una caverna que fuese a tragarme. Las mandÃbulas de aquel rostro chupado se cerraron sin hacer ruido. Pareció haber cambiado de idea.
—Eso es todo —dijo, con una especie de restricción siniestra. Se puso de pie y, dándome la espalda, comenzó a afeitarse, mirándose de reojo en un espejo roto.
Yo no tenÃa la menor idea de lo que él habÃa querido decirme.