La aventura
La aventura —Hola —dijo—. Veamos, joven Kemp, ¿le pica el cuello de haberlo estirado un poco?
Le miré con los ojos y la boca desmesuradamente abiertos.
El escupió de nuevo y agitó su garra en dirección al mamparo delantero.
—Ellos lo harán por usted —dijo—. Es usted tan pipiolo que me da un poco de pena. No ha calculado los riesgos; realmente no lo ha hecho. Es un tipo de estima que usted no habÃa calculado hacer, ¿verdad?
—¿Qué quiere usted decir? —le pregunté, desconcertado.
El me miró durante un buen rato, sonriéndome abiertamente, medio desnudo, con una especie de desprecio distraÃdo. Finalmente se ofreció sardónicamente a abrirme los ojos.
Yo no dije nada.
—¿Sabe usted lo que le ocurrirá —me preguntó— si no manda a paseo a ese Carlos que le acompaña?
Mi sorpresa fue tal que le dije entre dientes que no lo sabÃa.
—Pues voy a decÃrselo —continuó—. Le colgarán.