La aventura

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Indudablemente estaba muy enfermo. Sus campañas en España, su vida en Inglaterra expuesto a las inclemencias del tiempo, y luego el chapuzón cuando subimos a bordo, no le sentaron demasiado bien. Contemplaba el mar melancólicamente.

—Ojalá pudieras venir. Lo intentaré…

El segundo oficial había hecho una pausa y prestaba atención, imperturbable, a espaldas de Carlos.

Un instante después, Carlos se dio media vuelta y le miró con arrogancia.

Se alejó silbando.

Carlos murmuró algo que no entendí acerca de «los espías de ese latoso irlandés». Luego dijo:

—No quiero meterte egoístamente en nuevos peligros. Pero la vida en una plantación de caña de azúcar no es apropiada para ti.

Me sentía feliz y halagado de que un personaje tan romántico me considerase un compañero digno de él. Se fue hacia la proa como si tuviese algún propósito.

Algunos días después el segundo oficial me hizo conducir a su camarote. Le habían incluido en la lista de enfermos y estaba tumbado en su litera, desnudo hasta la cintura, con un brazo y una pierna descansando en el suelo. Cuando yo entré, se levantó lentamente y escupió. Tenía en grado sumo las peculiaridades y el acento típico de la gente de Nueva Escocia y cuando iba afeitado su rostro brillaba como el cuero pulido.


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