La aventura
La aventura Tras examinarme a fondo, no era posible que el hombre me tomase por un lugareño. Imagino que si me miró durante tanto tiempo fue porque le sorprendió descubrir allí abajo a una mujer arrodillada, agachada sobre un cuerpo postrado, y a un hombre con la cabeza descubierta, en pantalones negros y camisa blanca hecha jirones, dando vueltas entre los arbustos y gesticulando terriblemente, como un mudo excitado. Lo que le pareció más misterioso de todo fue que colgara una cuerda de un árbol situado en un lugar tan inaccesible que sólo un pájaro podría haberla atado allí. Me señaló la cuerda con el dedo interrogativamente y yo respondí a su curiosidad indicándole la vertiente pedregosa del barranco. Parecía que su asombro no le permitía hablar. Al cabo de un rato se recostó en la silla, hizo un gesto con la mano para darme ánimos y dio media vuelta a su caballo para alejarse del borde del barranco.
Fue como si nos hubiésemos lanzado mutuamente un hechizo para extinguir nuestras respectivas voces. Tan pronto como él desapareció, yo recobré la mía. Supongo que no sonó muy alta, pero mi chillido sin objeto hizo que Serafina levantara la vista a uno y otro lado sucesivamente; mas, al no ver a nadie por ninguna parte, siguió arrodillada, mirándome con extremado recelo.
—¡No! No estoy loco, querida —dije—. Había un hombre. Nos ha visto.