La aventura

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—¡Oh, Juan! —balbuceó ella—, reza conmigo para que Dios se apiade de este pobre desgraciado y le deje morir.

No dije nada. Mi débil y trémulo grito, dirigido al peón, había despertado a Manuel de su delirante sueño infernal. La voz que salió de su quebrantado cuerpo era terriblemente monótona, cavernosa y profunda.

—¡Está vivo! —dijo lentamente, mirándome a la cara, como si percibiese en mí por vez primera la apariencia de un hombre de carne y hueso—. ¡Ajá! Ustedes los ingleses recorren la tierra indemnes.

Me invadió un sentimiento piadoso… una piedad distinta de las angustiosas sensaciones que me provocaba su desgraciado fin. Había sido malvado en su vida oscura, como esas plantas perniciosas y mortales que crecen en la sombra, sacando veneno del malsano suelo húmedo en que florecen. Él era tan inconsciente de su maldad como ellas… pero, como cualquier otro hombre, tenía derecho a mi compasión.

—Estoy roto —tartamudeó.

Serafina siguió mojándole los labios.

—Arrepiéntete, Manuel —le suplicó ella fervientemente—. Te hemos perdonado el mal que nos has hecho. Arrepiéntete de tus crímenes… pobre hombre.


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