La aventura
La aventura —¿Qué? Esa voz, Señorita… ¡Usted! ¡Es usted la que trae a mis labios esta bendición! En su infancia yo he gritado muchas veces «Viva» delante de su carroza. Y ahora se digna… con su propia voz… con su mano. ¡Ajá! PodrÃa improvisar… El lucero se inclina ante el gusano aplastado…
Un lejano y creciente estrépito de cantos rodados se mezcló con los gemidos entrecortados de su voz. Mirando por encima del hombro, vi a un peón que comenzaba a descender la pendiente y, más arriba todavÃa, inmóvil entre las cabezas de sendos caballos, la cabeza de otro hombre… sobre un cielo más amplio teñido de púrpura, que reflejaba el invisible sol poniéndose en alta mar.
Manuel lanzó un grito penetrante y nos estremecimos. Serafina se apretó contra mÃ, ocultando su cabeza en mi pecho. El peón se tambaleó torpemente al bajar la pendiente, descendiendo de lado a pequeños pasos, estorbado por las enormes rodajas de sus espuelas. Llevaba sobre las espaldas un sarape a rayas y en su mano derecha empuñaba un machete de hoja ancha. Sus pasos vacilantes y cautelosos bajando el barranco hacÃan un ruido impresionante, como si nos fuera a sepultar una avalancha de piedras.
—Vuestra SeñorÃa —exclamó Manuel—. Me callaré. ¡Apiádese de mÃ! No… no aparte su mano de mi sufrimiento extremo.