La aventura

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Noté que ella tuvo que armarse de valor para volver a mirarlo. Se soltó resueltamente de mis brazos que la rodeaban.

—No, no; pobre desgraciado —dijo Serafina, con voz torpe—. Piensa en tu fin.

—No soy más que un gusano aplastado, señorita —masculló él.

Habiendo llegado al fondo del barranco, perdimos de vista al peón entre los arbustos y los enormes fragmentos de rocas. Todos los ruidos se acallaron; y el cielo nublado pareció proyectar en los ojos del moribundo la sombra de una noche eterna.

Entonces reapareció el peón, abriéndose paso en medio de un gran crujido de matorrales. A cada paso que daba sus espuelas tintineaban y sus pisadas hacían crujir más de la cuenta los guijarros. Se detuvo, como traspuesto, murmurando para sí mismo su asombro, pero sin hacer preguntas. Era un hombre joven de fino bigote negro con las puntas retorcidas galantemente. Miró hacia arriba a la escarpada pared del precipicio; luego miró hacia abajo al grupo que formábamos a sus pies. De pronto, como si volviera de un abismo de sufrimiento, Manuel proclamó claramente:

—Siento dentro de mí una grandeza, una inspiración…


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