La aventura

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Esas fueron sus últimas palabras. Sus grandes pestañas oscuras descendieron lentamente sobre el tenue brillo de sus pupilas, como se baja un telón. Los pliegues profundos del barranco acumulaban la oscuridad reinante en grandes balsas de negrura absoluta al pie de los riscos.

Elevándose por encima de nuestra pequeñez, que observaba, fascinada, el combate entre luces y sombras en el alma a punto de naufragar de aquel pobre hombre, las rocas mostraban una monumental indiferencia. Y entre aquellas enormes superficies pétreas, que en la penumbra se volvían pálidas, ante el asombrado peón, que parecía montar guardia, machete en mano, la grandeza y la inspiración de Manuel pasaron a mejor vida, sin más ruido que la exhalación de un suspiro. No supe que había dejado de respirar hasta que Serafina se levantó, lanzó un débil grito y arrojó nerviosamente el trozo de tela que los labios abiertos de Manuel habían rechazado.

Abrí los brazos para recibirla.

—¡Ah! ¡Por fin! —gritó ella.

En aquel grito había algo de resentimiento y de fiereza, como si la piedad de su corazón de mujer hubiese sido sometida a una prueba demasiado cruel.


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