La aventura
La aventura Yo también había sido humano con ese hombre. Había tenido su vida en el extremo de mi pistola y le había perdonado por un impulso que no había hecho más que privarle de la gracia de una muerte rápida. Esa había sido mi compasión.
Pero fue el grito de Serafina —ese «Por fin», que mostraba toda la tensión y el dolor de aquella dura prueba— lo que me hizo dudar de mi propia conducta, que nos había supuesto como justo castigo tantas angustias mentales y físicas, como la más criminal debilidad. Yo era joven y mi fe en la justicia de la vida había sufrido una conmoción. Si era imposible predecir las consecuencias de nuestros actos, si no podíamos fiarnos de los motivos que los impulsaban, ¿qué nos quedaba para guiarnos?
Y la inescrutable inmovilidad de las sobresalientes formas, impregnadas de las sombras de la sima, parecía cargada de una sabiduría espantosa. Me parecía que nunca tendría el valor de levantar la mano, de abrir los labios, de dar un paso, de obedecer un pensamiento. Un largo rayo del sol de poniente, cargado de nubes, se precipitó sobre el cénit, atravesando oblicuamente la franja púrpura del cielo por encima del barranco en una cinta de color rojo pálido.