La aventura
La aventura Entramos en la hacienda de Serafina. Las altas tapias encerraban un patio cuadrado y ancho, como el de una prisión, rodeado de edificios de techos planos. De pronto sonaron varias voces. La luz del día aumentaba por momentos; jóvenes negras con vestidos holgados corrían de un lado a otro cacareando como gallinas perseguidas, y una mujer gruesa salió contoneándose de la sombra de una veranda.
Era la vieja nodriza de Serafina. Estaba regañando a alguien locuazmente y de pronto se puso a chillar como si la hubiesen apuñalado. Luego todo quedó en calma durante un buen rato. Sentado en lo alto del lomo de mi paciente montura, estrujando las crines entre los dedos, vi el pálido rostro de Serafina entre una multitud de cabezas encrespadas y ropas de vivos colores. Un murmullo incesante de sollozos y simpáticas apelaciones se elevó hasta donde yo estaba. Llevaba ella el cabello suelto y sus ojos parecían enormes; esa gente se la estaba llevando… y un hombre de rostro preocupado y malhumorado, con barba lacia y gris pulcramente recortada en los bordes, estaba de pie junto a la cabeza de mi caballo, parpadeando de asombro.
La mujer gruesa reapareció, andando penosamente por la veranda.
—¡Enrique! ¡Es su amante! ¡Oh!, tesoro mío, cielo mío, mi preciosa niña. ¿Has oído, Enrique? ¡Su amante! ¡Oh!, criatura dilecta de mi corazón.