La aventura
La aventura ¿Qué caballero? Un rubor sonrosado tiñó una ilimitada extensión de mi rostro; luego se produjo una brusca contracción, quedando a oscuras. Grandes tinajas de barro estaban alineadas en el suelo, y dos vaqueros, con la cabeza descubierta, me señalaron con sus manos un crucifijo negro que había en la pared; estaban prestando juramento mientras yo descansaba de espaldas. Una barba blanca se cernió sobre mi rostro y una voz dijo: «Está hecho, —llamando luego ansiosamente por dos veces—: ¡Señor! ¡Señor!». Y cuando logré evadirme del sueño de una cueva, me encontré con la cabeza reposando en el pecho de una mujer gruesa, y bebiendo caldo de pollo de un cuenco que ella me llevaba a los labios. Sus gruesas mejillas temblaban, y tenía ojos negros y brillantes y unos bigotitos en las comisuras de los labios. Pero ¿dónde estaba su barba blanca? Y ¿por qué hablaba ella de un ángel como si fuese Manuel?
—¡Serafina! —grité yo.