La aventura
La aventura Pero el capote de Castro se abatió sobre mi cabeza como un velo de luto. Era la muerte. Luché. Luego morí. Fue delicioso morir. Seguí la silueta flotante de mi amor más allá de todos los mundos conocidos. Juntos nos elevamos por encima del dolor, las discordias, la crueldad, la compasión. Habíamos dejado la muerte detrás de nosotros y todas las cosas de la vida excepto nuestro amor, que irradiaba su halo alrededor de dos llamas que éramos nosotros mismos. Y la inmortalidad nos rodeó de una enorme y tranquilizadora oscuridad.
Nada se movía. Ya no íbamos a la deriva. Flotábamos en ella en completo silencio… y la envoltura vacía de mi cuerpo vigilaba nuestras dos llamas que, una al lado de la otra, mezclaban su luz en medio de una soledad infinita. Dos velas ardían débilmente sobre una mesita negra cerca de mi cabeza. Con su barba blanca y sus ojos apasionados, Enrique se inclinó sobre mi lecho, mientras una mecedora se balanceaba vacía detrás de mí. Abrí desmesuradamente los ojos.
—Señor, la noche está muy avanzada —dijo tranquilamente—, y Dolores, mi esposa, vela el sueño de doña Serafina al otro lado de esta pared.
Yo había estado durmiendo como un leño durante casi veinte horas y el despertar parecía un nuevo nacimiento, pues me sentía débil y desamparado como un niño.