La aventura
La aventura Éramos diferentes, pero habíamos hecho una lectura de nuestros recíprocos temperamentos con gran ardor. Yo comprendía que para ella la constancia era una cuestión de honor, y ella jamás dudó de los escrúpulos de mi auténtica devoción, que tantos peligros le habían supuesto. Huíamos, no para salvar nuestras vidas, sino para preservar la inviolabilidad de nuestra sinceridad mutua. Y si nuestros sentimientos parecen exagerados, violentos y excesivos, conviene recordar sus orígenes. No habíamos cultivado nuestro amor como una delicada flor que crece en un clima templado: nunca había conocido una atmósfera d§ ternura; nuestras almas no se habían dado a conocer la una a la otra mediante dulces susurros, sino más bien con un toque de trompeta, que nos anunciaba una vida en la que el enemigo no era la muerte sino la separación.