La aventura
La aventura El enemigo esperaba a la puerta de nuestro refugio como la muerte espera a la puerta de la vida. Aquellas tapias altas no podían protegernos, ni de los lastimosos balbuceos de las oraciones de la vieja, ni de la fidelidad agobiante de Enrique. La pareja vagaba alrededor nuestro, temblando de emoción. Sus miradas furtivas escudriñaban los rincones de la veranda y sólo raras veces se aventuraban a salir abiertamente. El silencioso gallego se acariciaba la recortada barba; la mujer obesa seguía persignándose, suspirando de resignación, y luego se contonearía, frotándose los ojos, para acariciar la cabeza de Serafina y murmurarle palabras cariñosas. Se desvivían por nosotros y nos contemplaban absortos, dispuestos a responder a cualquier señal nuestra. De vez en cuando ella le daba un codazo a su marido en las costillas y murmuraba: «Su amante».
Cuando Serafina la dejó sentarse a sus pies, la mujer se alegró y le cogió la mano. Le dio suaves palmaditas, sentándose en cuclillas sobre un taburete bajo.
—¿Por qué te vas tan lejos de tu vieja nodriza, corazón mío? ¡Ah!, el amor es el amor, y sólo disponemos de una vida, pero Inglaterra está muy lejos… demasiado lejos.
Inclinó ligeramente su enorme cabeza gris; y en nuestra nostalgia Inglaterra parecía también muy lejana, una isla afortunada allende los mares, una morada de paz, un santuario de amor.