La aventura
La aventura No teníamos más plan que el que nos impuso Sebright. El secreto de nuestra estancia en la hacienda había fracasado hasta cierto punto, aunque no había ninguna razón para suponer que los dos peones hubiesen roto su juramento. Nuestra llegada al amanecer había pasado inadvertida, por lo que sabíamos, y a los esclavos domésticos, sobre todo a las muchachas, se les había impedido comunicarse de una forma u otra con los trabajadores de los campos. Todas esas leguas cuadradas que formaban la propiedad estaban completamente separadas del mundo, y ese aislamiento no lo había roto ninguno de los agentes de O’Brien enviados a espiar. Parecía ser la única de las grandes posesiones de Serafina que seguía siendo absolutamente suya. No nos llegó a nuestro escondite ni un rumor de ninguna clase de noticias hasta el cuarto día, cuando uno de los vaqueros informó a Enrique que, cabalgando por la frontera de las tierras del interior, se había encontrado con una compañía de infantería acampada en los márgenes de un bosquecillo. Las tropas se dirigían a Río Medio. Él traía una nota del oficial que mandaba el destacamento. La nota no contenía más que una solicitud de veinte cabezas de ganado. Esa misma noche abandonamos la hacienda.
Era una noche estrellada. Detrás nuestro, el suave gimoteo de la vieja de la puerta desapareció.
—¡Tan lejos! ¡Tan lejos!