La aventura

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Dejamos a nuestra izquierda la larga calle de la aldea de esclavos y bajamos la suave pendiente de la avenida que conducía hasta el riachuelo. Serafina llevaba el cabello oculto bajo la copa de un amplio sombrero, e iba envuelta en un sarape, ofreciendo un aspecto tan parecido a un vaquero cubierto por su capote, que se echaba de menos el tintineo de sus espuelas. Enrique me había equipado de pies a cabeza con sus propios vestidos. Él llevaba un farol y nosotros seguíamos el círculo de luz que se balanceaba y temblaba sobre la escasa hierba. Nadie más nos acompañaba; la tripulación de la drogher ya estaba a bordo esperando nuestra llegada.

El mástil de la embarcación aparecía por encima de los techos de algunas cabañas bajas agrupadas alrededor de un corto malecón de madera. Enrique levantó la lámpara para iluminarnos mientras subíamos a bordo.

No se pronunció ni una sola palabra; los cinco negros de la tripulación (Enrique respondía de su fidelidad) iban y venían sin hacer el menor ruido, casi invisibles. Los motones chirriaban débilmente en la arboladura.

—Enrique —dijo Serafina—, no te olvides de poner una cruz de piedra sobre la tumba del pobre Castro.


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