La aventura
La aventura Nos deslizamos suavemente entre las riberas. De vez en cuando se oía un susurro de mimbreras y cañaverales en medio de la oscuridad. Todo era extraño; los contornos de las tierras se desvanecían a medida que avanzábamos. La tierra estaba poblada de sombras cambiantes y sólo las estrellas permanecían en grupos inmutables brillando sobre el cielo negro. Atravesamos la dársena rodeada de tierra y pasamos bajo el promontorio hacia el que nos dirigimos durante la tormenta en alta mar. Visto únicamente bajo los intermitentes destellos de los relámpagos, todo aquel lugar era irreconocible para nosotros y parecía sumido en un sueño profundo. Pero recuperamos la fresca caricia de la brisa marina, y la desenvoltura con que la tierra y el cielo se aferraban al horizonte del mar, esos viejos amigos, compañeros de aquel tiempo en que comulgábamos en palabras y silencios a bordo del Lion, ese fragmento de Inglaterra encontrado en medio de la bruma, abordado en plena batalla, que nos ofreció su absurda y afectuosa protección. Por el otro costado, la muralla de dunas blancas introducía el contorno de una costa fantasmal entre el insondable mar y las profundidades del cielo; y cuando a veces faltaba la débil brisa, la tripulación negra perturbaba el silencio con el intenso chapoteo de sus remos en lenta y solemne cadencia. El timón crujía suavemente; el negro que iba al mando era viejo y de complexión delgada: se parecía a César, el mayordomo, aunque le faltase el esplendor del terciopelo marrón y los galones de oro. Era muy buen marino, creo, taciturno e inteligente. Había visto al Lion con frecuencia en sus viajes a La Habana y lo reconocería, me aseguró, en medio de toda una flota. Cuando le expliqué lo que esperábamos de él, de acuerdo con el plan de Sebright, una extraña mueca de sonrisa alteró las facciones huesudas y tristes de su rostro de africano.