La aventura
La aventura Lo reconocí. Era el buque insignia de Rowley. Había arrojado la sombra de sus velas sobre el final de mi primer viaje por mar. Era el buque de guerra que salía a patrullar el día en que Carlos, Tomás y yo llegamos a Jamaica en el viejo Thames. Y ahora me lo encontraba de nuevo, dos años después, frente a La Habana —isla afortunada a la que volvíamos los ojos, parte esencial de mi herencia, formidable por el valor de mis compatriotas, llena de murmullos de mi lengua natal— y tan ajeno a mis propósitos como si hubiese perdido para siempre mi derecho a protegerlo. Mi vagabundeo me había convertido en una especie de proscrito. No se puede alterar el orden público y ser bien recibido a bordo de un barco del Rey. A bordo de aquel barco de setenta y cuatro cañones no había sitio para nuestro romance.
Estuve a punto de saludarlo, por así decirlo. ¿Qué sería de nosotros si el Lion hubiese abandonado ya La Habana?, pensé. Pero no. Saludarlo significaría la separación… la única cosa prohibida a aquellos a los que, por su juventud y su amor, les está permitido desafiar juntos al mundo.
No lo saludé; y el soldado pronto no fue más que una mancha roja sobre el noble casco que se alejaba de nosotros mar adentro. El estridente ruido metálico de las campanas parecía luchar con la fuerte ráfaga de la brisa que nos llevaba a puerto.