La aventura
La aventura Todos los barcos del puerto estaban engalanados con banderas en honor de la festividad del día; por la misma razón no quedaba ni rastro de la habitual multitud de pequeñas embarcaciones que dan animación a las aguas de un puerto; el centro de la rada estaba extrañamente vacío. Una solitaria canoa de aprovisionamiento, con un racimo de plátanos amarillos en la proa, y una anciana negra metiendo lánguidamente un canalete por la popa, era lo único con lo que se tropezó mi mirada. Sin embargo, una galera de aduanas de seis remos abandonó enseguida la fila de barcos dirigiéndose hacia el bergantín estadounidense. Además de los habituales empleados del puerto, advertí en ella a varios soldados y a un personaje asombrosamente parecido al alguacil de las ilustraciones de las novelas de aventuras españolas. Uno de los uniformados, al reconocer la drogher de una de las propiedades, nos agitó la mano y nos gritó algunas órdenes, de las que sólo pude captar estas palabras:
—Carlingas… inspección… mañana.
Nuestro timonel se quitó el sombrero humildemente para devolver el saludo.
—Muy bien, señor.
Por fin pude respirar, ya que no nos prestaron más atención. El bergantín estadounidense era un hervidero de soldados y empleados de aduanas, además del alguacil, como si fuesen a registrarlo de proa a popa lo más rápido posible para no llegar tarde a la procesión.