La aventura

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No quedaba más que llevar a cabo inmediatamente la última parte del plan de Sebright. La escota del trinquete de la drogher pareció partirse, nuestra vela mayor se bamboleó y, antes de que yo pudiese retomar aliento, fuimos a dar de popa con las cadenas del palo de mesana del Lion, organizando un estrépito que produjo en el rostro del viejo negro una expresión de verdadera inquietud. Este había manejado todo el asunto con una habilidad de lo más convincente, sin dirigir una sola mirada al barco. Nosotros habíamos cumplido con nuestro cometido, pero inexplicablemente la gente del Lion parecía haber fracasado en el suyo. De todos los rostros que atestaban la batayola en el momento del choque, ni uno solo daba señales de inteligencia. Todas las portillas de carga estaban cerradas. Su sorpresa y sus juramentos me parecieron alarmantemente sinceros; con una celeridad de lo más tonto, trataron de repeler a la drogher con palos y bicheros. Nadie pareció reconocerme; cubierta de la cabeza a los pies y bajo un sombrero, Serafina tenía toda la apariencia de un verdadero peón sentado en el puente. No me atreví a gritarles en inglés, por miedo a que me oyesen a bordo de los demás barcos que nos rodeaban. Por fin, el mismo Sebright apareció en la toldilla.

Nos echó una ojeada.

—¿Qué demonios…? —comenzó a decir. ¿Estaba también ciego?


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